Llorar. Gotas sobre mis mejillas. Algunos las llaman lágrimas. Agua salada. Agua salada provocada por un sentimiento amargo. Como alguien dijo, las nubes sueltan lágrimas cuando no pueden soportar el peso. El corazón suelta lágrimas porque no puede soportar el dolor.
Y sin embargo, a veces es un dolor cómodo. Cómodo porque sabes que tal vez la persona que te ha hecho derramar las lágrimas es quien más las merece. Tal vez porque tú mismo crees que mereces llorar. Tal vez merezcas sufrir. Tal vez...
Pero es ese tal vez maldito el que aumenta el dolor. El que penetra en tu mente con la duda de si merece la pena. No si merece la pena llorar, sino si merece la pena todo. ¿Merece la pena llorar? ¿Merece la pena vivir? ¿Merece la pena seguir luchando? ¿Merece la pena depositar mis esperanzas en una causa que quizá esté perdida?
Quizá. Otra palabra que quita el sueño. Sería mucho más fácil si no existiera. Si estuviera perdida, me limitaría a asumirlo. A intentar olvidarlo. A tratar de ahogar mis penas. Pero no. Siempre está ese quizás. Ese quizá que te da la ilusión de pensar que tal vez no todo está perdido. Que tal vez puedas remediar tus errores. Tal vez. O tal vez no.
Por lo que, finalmente, sólo queda tu deseo. ¿Que es lo que quieres? Siempre puedes seguir intentándolo. Es obvio que si no lo haces, nada conseguirás. Pero si no lo consigues aún intentándolo, el dolor se hace más tangible.
Tal vez el sentido de la vida se encuentre en ese dolor. Quizás experimentarlo nos ayude más tarde a ser felices. Tal vez. Quizás. Pero eso es algo que ahora mismo me cuesta creer.
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