sábado, 12 de abril de 2014

Ella

Ella. La euforia y la pesadumbre. El dolor y la satisfacción. La maldición y la bendición. La oscura sombra que parece iluminar la noche con su presencia. Un 'ni contigo ni sin ti' eterno. La lágrima en la soledad. La sonrisa en la compañía. La añoranza en la noche. El ansia en el día.
Ella. La que ahoga mis penas y la que las causa. La que hace menos monótonas las noches. La que brilla con luz propia. Una luz que deslumbra. Que ciega. Una luz que te obliga a mirarla. A observar su esplendor. La más bella entre los astros. Un agujero negro. Una luna. La clase de luna que destaca más por su lado oculto que por su cara iluminada. Polifacética. O quizás no tanto. Quizá no tenga muchas caras, si no muchas máscaras.
Ella. Mi perdición. El fin de mis días. La más dulce de las torturas. Una tortura constante. Incansable. Eterna. ¿Causada por ella? No. Causada por mí. Por mis errores y por mis aciertos. Aciertos tardíos. Aciertos que ya no valen nada. Tan sólo para recordarlos. Tortura causada por los recuerdos. Recuerdos de un pasado miserable. Recuerdos de un pasado satisfactorio. Recuerdos de mi vida y de mi muerte. Recuerdos que no son más que eso. Meros pensamientos. Imágenes. ¿Qué no daría por bañarme en las aguas del olvido allá en el Hades?
Sí. Una tortura. Un error. Una traición. Una habitación. Una canción. Una fecha. Una fecha que permanecerá por siempre en mi memoria, asegurándose de que la herida nunca cicatrice. Infectándola. Un dolor intenso. Un dolor que ahonda en lo más profundo del alma, pues esa es su fuente. Un alma corrupta. Condenada. Rota. Solitaria.
Un alma que se despide, preparada para liberarse de su envoltura terrenal. Porque no quiere seguir en este mundo. Porque no puede seguir en este mundo. Porque no tiene sentido hacerlo. Porque nada tiene sentido. Nada tiene sentido sin ella.

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