domingo, 3 de agosto de 2014

Carta a la desesperación

Hola, vieja amiga.


¿Me has echado de menos? Llevamos bastante tiempo sin vernos... No te engañaré, no he extrañado tu presencia. Pero aún me resulta extraño estar tanto tiempo sin noticias tuyas... por eso he decidido escribirte esta carta. Quizás te preguntes a que se debe tanto tiempo sin vernos... tanto tiempo en que no he pasado húmedas noches en vela junto a ti... pues bien, debo confesártelo: he encontrado a otra. Sé que te costará creerlo, aún ni siquiera yo me lo creo, pero al parecer es así. Te conozco bien, así que adelantaré tu petición: no me pidas verme mientras esté con ella, vuestra coexistencia en mi vida es incompatible, pues mientras ella esté en mi vida... tú no tienes ningún sentido en ella. No puedo negarte que siempre fuiste quién, como la sangre, acudió a la herida sin ser llamada, pero no me consolabas, sino que echabas sal en la herida. La sal de mis lágrimas. Sí, tu compañía en ese momento, si bien nociva, era agradecida. Pero siempre me resultaba más agradable la hora de tu marcha que la de tu llegada... He encontrado a alguien. Una compañera que no se dedica a empeorar mis heridas si no a secar mis lágrimas. Ambos sabemos que tú eres incapaz de algo así, no porque no quieras, si no porque no puedes... no está en tu naturaleza. Debes hacer honor a tu nombre. Porque nuestras noches eran húmedas debido a mis lágrimas... lágrimas en la almohada, deseando hundirme en ella hasta que el oxígeno no llegara a mis pulmones y la muerte me acogiera en su seno. Por eso es que debemos despedimos... sé bien que, como el ave carroñera que eres, estarás esperando pacientemente, esperando a que ella me abandone para que caiga de nuevo en tus brazos... y yo, ingenuamente, lo haré. Sé que es difícil decir adios, y que esta probablemente no sea una despedida definitiva... pero te aseguro que deseo de todo corazón que esto no sea solo una despedida... si no un adiós para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario