Hola, vieja amiga.
¿Me has echado de menos? Llevamos
bastante tiempo sin vernos... No te engañaré, no he extrañado tu
presencia. Pero aún me resulta extraño estar tanto tiempo sin
noticias tuyas... por eso he decidido escribirte esta carta. Quizás
te preguntes a que se debe tanto tiempo sin vernos... tanto tiempo en
que no he pasado húmedas noches en vela junto a ti... pues bien,
debo confesártelo: he encontrado a otra. Sé que te costará
creerlo, aún ni siquiera yo me lo creo, pero al parecer es así. Te
conozco bien, así que adelantaré tu petición: no me pidas verme
mientras esté con ella, vuestra coexistencia en mi vida es
incompatible, pues mientras ella esté en mi vida... tú no tienes
ningún sentido en ella. No puedo negarte que siempre fuiste quién,
como la sangre, acudió a la herida sin ser llamada, pero no me
consolabas, sino que echabas sal en la herida. La sal de mis
lágrimas. Sí, tu compañía en ese momento, si bien nociva, era
agradecida. Pero siempre me resultaba más agradable la hora de tu
marcha que la de tu llegada... He encontrado a alguien. Una compañera
que no se dedica a empeorar mis heridas si no a secar mis lágrimas.
Ambos sabemos que tú eres incapaz de algo así, no porque no
quieras, si no porque no puedes... no está en tu naturaleza. Debes
hacer honor a tu nombre. Porque nuestras noches eran húmedas debido
a mis lágrimas... lágrimas en la almohada, deseando hundirme en
ella hasta que el oxígeno no llegara a mis pulmones y la muerte me
acogiera en su seno. Por eso es que debemos despedimos... sé bien
que, como el ave carroñera que eres, estarás esperando
pacientemente, esperando a que ella me abandone para que caiga de
nuevo en tus brazos... y yo, ingenuamente, lo haré. Sé que es
difícil decir adios, y que esta probablemente no sea una despedida
definitiva... pero te aseguro que deseo de todo corazón que esto no
sea solo una despedida... si no un adiós para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario