¿Ciego? Puede. Sí, tiene sentido que el amor sea ciego. Eso explicaría que las flechas de mi Cupido nunca den en el blanco...
Ciego, sí... ciego, y loco, y a veces, artificial. Artificial, falso, un amor que se cree pero que no se siente. Un amor que nace, pero no en el corazón. Pero no en mi caso. Ojalá fuera ese mi caso.
Cruel cuando no es correspondido, hermoso cuando sí lo es y frío cuando se acaba. El amor, ese sentimiento que siempre acaba por dejar un sabor agridulce que oscila entre el mayor placer y el mayor sufrimiento.
Claro que, no puedo decir que haya perdido toda la esperanza. No lo he hecho. Nunca lo haré. Estoy cerca, sí, pero en el momento en que abandone toda esperanza, no tendré motivos para vivir. Y en este momento los tengo. Tengo motivos para vivir. Tengo ganas de vivir. Y sobretodo, tengo una persona a la que quiero entregar mi vida. ¿La aceptará? Lo dudo. Es más, podría asegurar que no, a pesar de que ciertas personas digan lo contrario. Pero aunque no vaya a aceptarla, me da igual. Porque cada segundo, cada instante que pueda invertir en ella, hablándola, riendo con ella, estando con ella... cada uno de esos momentos son un motivo para vivir. Sé que es poco probable que una chica como ella se fije en un chico como yo, pero lo que más me impresiona descubrir es que me da igual. Por supuesto, si pasara experimentaría la cumbre de la felicidad, pero si no pasara... me conformaría con observarla desde la distancia, intentando hacerla más corta, sí, pero sin llegar jamás al Edén de tocarla...
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